Dice una amiga colega que los periodistas no somos el medio, ni la marca, sino la esencia. También es vehemente al afirmar que nadie deja de ser reportero por desistir de trabajar en una casa periodística o porque otros así lo vean.
Hoy me despido de ustedes, los lectores de la página web del diario, con quienes he tenido la oportunidad de compartir algunas de las experiencias ajenas o las mías, sobre temas que afectan lo que más cuidamos por estos días recesivos: el bolsillo.
La Mesa de Dinero se va de la página web de La República, pero no saldrá del aire. Simplemente se trastea a su lugar original: http://lamesadedinero1.blogspot.com, así que por favor no pierdan la esperanza de volvernos a encontrar.
Un abrazo.
viernes 17 de abril de 2009
lunes 6 de abril de 2009
¿Cúal crisis?
“Sin querer queriendo”, como diría el Chavo del Ocho, más de un empresario se ha visto obligado a reducir sus costos por las amenazas de una agudización de la crisis económica que ya en Colombia empieza a oler a recesión: optan por restringir inversiones que se confunden con gastos, congelan proyectos claves y en el peor de los casos, despiden personal.
¿Será ésta la mejor solución? ¿No es en los momentos de crisis cuando se debe aprovechar para ganar participación de mercado y abonar terreno en los negocios? ¿acaso la solución está en decirle adiós al talento y llenar las vacantes con jóvenes recién graduados, que en muchos casos (no todos, aclaro) se convierten en una carga laboral adicional en las empresas?
Juan Alberto Castro, presidente de D’vinny, lo tiene más que claro. Su experiencia al frente de compañías como Sodexho Pass, Legis y hasta la sociedad que tuvo con Xiomara Xibille (sí, la misma del ilarilarié criollo) llamada Xilvestre, una cadena especializada en la comida light, son su mejor argumento para recomendar a los empresarios que en tiempos de crisis hay que invertir en talento.
Su consejo: “recluten la mejor gente y páguenles bien. El salario emocional también es clave”, afirma.
Mi percepción al observar una cifra de desempleo que alcanza 12,5 por ciento, según las estadísticas oficiales, una caída de la producción manufacturera en más de 10 por ciento y el descenso del crecimiento de la economía de 0,7 por ciento en 2008, es que algunas empresas podrían recurrir a estos pesimistas indicadores para hacer reestructuraciones de personal y tomar otro tipo de decisiones.
Pese a los recortes que van y vienen por estos días, me sorprendió gratamente cómo una empresa familiar dedicada a venta de repuestos para motos llamada Indummelbra, se resiste a dejarse arrastrar por la crisis. Le preguntaba a su gerente general, Eduardo Bustos, si las ventas habían mejorado a razón del nuevo Pico y Placa y de las averías que el invierno causaba en las motos y me dijo que, la facturación ha caído 32 por ciento desde enero, pero no están pensando en despedir a ninguno de los 78 empleados que tiene la empresa, cuya tradición supera los 30 años en el mercado local.
Al contrario, lo que la empresa plantea es que sus dueños y altos directivos se bajen los sueldos. “En épocas de crisis no se puede despedir a la gente. Lo mejor es reducir costos pero evitar los despidos. Eso lo aprendimos de la crisis de los noventa”, cuenta.
Pero hay quienes van más allá, como es el caso de Jorge Castellanos, banquero de inversión y quien capoteó con fuerza la crisis de la década pasada, cuando el sistema financiero local sí estaba directamente implicado, a diferencia de la actualidad, cuando el país es víctima de una hecatombe importada de Estados Unidos.
“¿Crisis? Yo no la he sentido, estoy haciendo más negocios que antes”, cuenta Castellanos, quien a su paso por Medellín, en el marco de la Asamblea del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se le veía sonriente por obra y gracia de los potenciales clientes que encontró para su recién creado fondo inmobiliario.
Más allá de las quejas y lamentos, hay que aprovechar las oportunidades que se cristalizan en los tiempos difíciles y no recurrir a estrategias desesperadas que sólo conducen a echarle leña al fuego.
¿Será ésta la mejor solución? ¿No es en los momentos de crisis cuando se debe aprovechar para ganar participación de mercado y abonar terreno en los negocios? ¿acaso la solución está en decirle adiós al talento y llenar las vacantes con jóvenes recién graduados, que en muchos casos (no todos, aclaro) se convierten en una carga laboral adicional en las empresas?
Juan Alberto Castro, presidente de D’vinny, lo tiene más que claro. Su experiencia al frente de compañías como Sodexho Pass, Legis y hasta la sociedad que tuvo con Xiomara Xibille (sí, la misma del ilarilarié criollo) llamada Xilvestre, una cadena especializada en la comida light, son su mejor argumento para recomendar a los empresarios que en tiempos de crisis hay que invertir en talento.
Su consejo: “recluten la mejor gente y páguenles bien. El salario emocional también es clave”, afirma.
Mi percepción al observar una cifra de desempleo que alcanza 12,5 por ciento, según las estadísticas oficiales, una caída de la producción manufacturera en más de 10 por ciento y el descenso del crecimiento de la economía de 0,7 por ciento en 2008, es que algunas empresas podrían recurrir a estos pesimistas indicadores para hacer reestructuraciones de personal y tomar otro tipo de decisiones.
Pese a los recortes que van y vienen por estos días, me sorprendió gratamente cómo una empresa familiar dedicada a venta de repuestos para motos llamada Indummelbra, se resiste a dejarse arrastrar por la crisis. Le preguntaba a su gerente general, Eduardo Bustos, si las ventas habían mejorado a razón del nuevo Pico y Placa y de las averías que el invierno causaba en las motos y me dijo que, la facturación ha caído 32 por ciento desde enero, pero no están pensando en despedir a ninguno de los 78 empleados que tiene la empresa, cuya tradición supera los 30 años en el mercado local.
Al contrario, lo que la empresa plantea es que sus dueños y altos directivos se bajen los sueldos. “En épocas de crisis no se puede despedir a la gente. Lo mejor es reducir costos pero evitar los despidos. Eso lo aprendimos de la crisis de los noventa”, cuenta.
Pero hay quienes van más allá, como es el caso de Jorge Castellanos, banquero de inversión y quien capoteó con fuerza la crisis de la década pasada, cuando el sistema financiero local sí estaba directamente implicado, a diferencia de la actualidad, cuando el país es víctima de una hecatombe importada de Estados Unidos.
“¿Crisis? Yo no la he sentido, estoy haciendo más negocios que antes”, cuenta Castellanos, quien a su paso por Medellín, en el marco de la Asamblea del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), se le veía sonriente por obra y gracia de los potenciales clientes que encontró para su recién creado fondo inmobiliario.
Más allá de las quejas y lamentos, hay que aprovechar las oportunidades que se cristalizan en los tiempos difíciles y no recurrir a estrategias desesperadas que sólo conducen a echarle leña al fuego.
lunes 23 de febrero de 2009
Pirámides de "alto turmequé"
El caso de Bernard Madoff y ahora de Allen Stanford, un magnate estadounidense, quien tuvo el privilegio de ser recibido con ‘honores’ por el mismísimo Presidente de la República, Álvaro Uribe Vélez, en noviembre de 2006, a propósito de su entrada al mercado colombiano mediante la compra del puesto de bolsa del cafetero Gustavo Gaviria, permite entrever que “ni las más linda, ni la más perfumada de la fiesta es necesariamente la mujer perfecta”. Ahí vienen los espejismos.
“¡Viva Colombia!” fue la frase típica de reina de belleza de la que se valió Sir Stanford cuando presentó en sociedad a su compañía, en un concurrido coctel en el Club el Nogal de Bogotá, al que asistieron ex ministros, empresarios, modelos y uno que otro ‘lagarto’ y en el que el empresario nos decía a los medios que el grupo hasta pensaba montar un banco comercial en Colombia.
Casi por la misma época, un hombre de origen humilde, pelo largo y con fuerte acogida en los sectores populares, intentaba hacer lobby en la Casa de Nariño para lograr una audiencia con el Presidente Uribe: ‘criollito’ él e igual de genio para prometer a los incautos, intereses superiores a los del sistema. Y una coincidencia: se supo después que también quería montar un banquito.
Ambos casos son repudiables, aunque resulta casi ridícula la pleitesía que se le rinde a los inversionistas extranjeros sin conocer, al detalle, de dónde provienen esos jugosos rendimientos. Y claro, si al señor Allen lo ponemos al lado de Murcia, ¿a quién se le nota más la cara de presunto estafador?
Stanford tiene ese no sé qué que se llama clase y cómo no, si es un hombre de cuna: amo y señor de la isla Antigua y Barbuda, benefactor de los pobres y desprotegidos, patrocinador de deportes como el criquet e incluso, auspiciador del golfista colombiano, Camilo Villegas. Un hombre que a finales del año pasado despertó fuertes suspicacias en Wall Street porque mientras los mercados internacionales se venían a pique, su emporio se mantenía fuerte como un roble. Por si fuera poco decía que su negocio tenía 70 años de tradición, cuando en los mercados internacionales se habla apenas de 15.
Mientras 'Sir Allen' recorría en su avión privado los 136 países de operación de Stanford, en Colombia, Murcia fue cuestionado por una colección de 15 automóviles lujosos como Ferrari, Maserratti, Mercedes Benz, así como yates y aeronaves. Una vida llena de excentricidades, que en el primer caso generaba adulaciones y en el segundo, sospechas.
En el caso de Murcia, su dinero se asoció a los negocios con Juan Carlos Ramírez Abadía, alías “Chupeta”, capturado en Brasil en 2007 y el ex jefe paramilitar Carlos Mario Jiménez, alias "Macaco", extraditados a Estados Unidos bajo cargos relacionados con tráfico de cocaína. A Stanford, el FBI le indaga si tuvo nexos con el cartel de México.
Juan Carlos Hoyos, un agente financiero cuenta que estuvo a punto de ser ‘tumbado’ hace siete años cuando un colega suyo, que trabajaba en Stanford Venezuela (40 por ciento de las inversiones del conglomerado) le ofreció comercializar los productos financieros de la firma. Lo llevaron a Antigua durante cuatro días, le pagaron el mejor hotel y todo, a cambio de un negocio que nunca se concretó porque Hoyos no creía en los dichosos Certificados de Depósito a Término (CDT) a una tasa de 15 por ciento efectiva anual, cuando en el mercado no se ofrecía ni a la mitad, en ese entonces.
Algo olía mal, indudablemente. En Colombia, aunque la comisionista de bolsa salvó el honor al iniciar un proceso de devolución de los recursos de los clientes en pesos y la oficina de representación de Stanford Trust Company, cesó sus actividades de promoción y negó haber hecho actividades de captación de recursos para ofrecer productos financieros en el exterior, no deja de llamar la atención la coincidencia en que, por ejemplo, la gerenta general de la comisionista, Alba Luz Hoyos, presentara renuncia a su cargo dos semanas antes de que la Securities Exchange Comission (SEC) acusara a Allen Stanford de cometer un fraude cercano a los 8.000 millones de dólares, aduciendo motivos personales. En ese momento la comisionista esperaba una capitalización cercana a los tres millones de dólares, ya que durante dos años consecutivos reportó pérdidas en su balance.
También, y aunque la firma se anticipó a una medida cautelar de la Superintendencia Financiera, una pregunta que ronda en el ambiente es ¿por qué no hubo más exigencias en la operación local, considerando que la SEC en Estados Unidos había iniciado pesquisas, que a los empleados de Stanford Colombia les vendieron como rutinarias? ¿qué tanta vigilancia se ejerce sobre las oficinas de representación que legalmente sólo vienen a promocionar productos, pero no a captar recursos del público?.
En todo caso, los dos episodios, el de Murcia y Stanford, son igual de reprobables, cada uno en su contexto. En el caso de Murcia, la gran estafa fue para el ciudadano de a pie que buscaba rentabilidades mágicas en poco tiempo. En el segundo, a quienes con un poco más de dinero creyeron en la estrategia de la multiplicación de los recursos de Stanford. Al final, todos cayeron.
“¡Viva Colombia!” fue la frase típica de reina de belleza de la que se valió Sir Stanford cuando presentó en sociedad a su compañía, en un concurrido coctel en el Club el Nogal de Bogotá, al que asistieron ex ministros, empresarios, modelos y uno que otro ‘lagarto’ y en el que el empresario nos decía a los medios que el grupo hasta pensaba montar un banco comercial en Colombia.
Casi por la misma época, un hombre de origen humilde, pelo largo y con fuerte acogida en los sectores populares, intentaba hacer lobby en la Casa de Nariño para lograr una audiencia con el Presidente Uribe: ‘criollito’ él e igual de genio para prometer a los incautos, intereses superiores a los del sistema. Y una coincidencia: se supo después que también quería montar un banquito.
Ambos casos son repudiables, aunque resulta casi ridícula la pleitesía que se le rinde a los inversionistas extranjeros sin conocer, al detalle, de dónde provienen esos jugosos rendimientos. Y claro, si al señor Allen lo ponemos al lado de Murcia, ¿a quién se le nota más la cara de presunto estafador?
Stanford tiene ese no sé qué que se llama clase y cómo no, si es un hombre de cuna: amo y señor de la isla Antigua y Barbuda, benefactor de los pobres y desprotegidos, patrocinador de deportes como el criquet e incluso, auspiciador del golfista colombiano, Camilo Villegas. Un hombre que a finales del año pasado despertó fuertes suspicacias en Wall Street porque mientras los mercados internacionales se venían a pique, su emporio se mantenía fuerte como un roble. Por si fuera poco decía que su negocio tenía 70 años de tradición, cuando en los mercados internacionales se habla apenas de 15.
Mientras 'Sir Allen' recorría en su avión privado los 136 países de operación de Stanford, en Colombia, Murcia fue cuestionado por una colección de 15 automóviles lujosos como Ferrari, Maserratti, Mercedes Benz, así como yates y aeronaves. Una vida llena de excentricidades, que en el primer caso generaba adulaciones y en el segundo, sospechas.
En el caso de Murcia, su dinero se asoció a los negocios con Juan Carlos Ramírez Abadía, alías “Chupeta”, capturado en Brasil en 2007 y el ex jefe paramilitar Carlos Mario Jiménez, alias "Macaco", extraditados a Estados Unidos bajo cargos relacionados con tráfico de cocaína. A Stanford, el FBI le indaga si tuvo nexos con el cartel de México.
Juan Carlos Hoyos, un agente financiero cuenta que estuvo a punto de ser ‘tumbado’ hace siete años cuando un colega suyo, que trabajaba en Stanford Venezuela (40 por ciento de las inversiones del conglomerado) le ofreció comercializar los productos financieros de la firma. Lo llevaron a Antigua durante cuatro días, le pagaron el mejor hotel y todo, a cambio de un negocio que nunca se concretó porque Hoyos no creía en los dichosos Certificados de Depósito a Término (CDT) a una tasa de 15 por ciento efectiva anual, cuando en el mercado no se ofrecía ni a la mitad, en ese entonces.
Algo olía mal, indudablemente. En Colombia, aunque la comisionista de bolsa salvó el honor al iniciar un proceso de devolución de los recursos de los clientes en pesos y la oficina de representación de Stanford Trust Company, cesó sus actividades de promoción y negó haber hecho actividades de captación de recursos para ofrecer productos financieros en el exterior, no deja de llamar la atención la coincidencia en que, por ejemplo, la gerenta general de la comisionista, Alba Luz Hoyos, presentara renuncia a su cargo dos semanas antes de que la Securities Exchange Comission (SEC) acusara a Allen Stanford de cometer un fraude cercano a los 8.000 millones de dólares, aduciendo motivos personales. En ese momento la comisionista esperaba una capitalización cercana a los tres millones de dólares, ya que durante dos años consecutivos reportó pérdidas en su balance.
También, y aunque la firma se anticipó a una medida cautelar de la Superintendencia Financiera, una pregunta que ronda en el ambiente es ¿por qué no hubo más exigencias en la operación local, considerando que la SEC en Estados Unidos había iniciado pesquisas, que a los empleados de Stanford Colombia les vendieron como rutinarias? ¿qué tanta vigilancia se ejerce sobre las oficinas de representación que legalmente sólo vienen a promocionar productos, pero no a captar recursos del público?.
En todo caso, los dos episodios, el de Murcia y Stanford, son igual de reprobables, cada uno en su contexto. En el caso de Murcia, la gran estafa fue para el ciudadano de a pie que buscaba rentabilidades mágicas en poco tiempo. En el segundo, a quienes con un poco más de dinero creyeron en la estrategia de la multiplicación de los recursos de Stanford. Al final, todos cayeron.
miércoles 18 de febrero de 2009
"Voy a devolver hasta el último centavo"
Pese a que la operación en Colombia no tiene que ver con la acusación que la Securities Exchange Comission (SEC), le hizo a Allen Stanford, al señalarlo como el responsable de un fraude masivo por 8.000 millones de dólares, el gerente de la operación de la comisionista, Álvaro Cámaro, anunció la suspensión de actividades, así como el traslado y pago de los recursos de cerca de 6.000 inversionistas locales.
Después de que la Securities Exchange Comission (SEC) acusó al magnate Allen Stanford y a tres de sus compañías de cometer un fraude masivo, Álvaro Cámaro, gerente de la operación en Colombia desde hace dos semanas, no ha tenido un minuto de descanso y por ahora se dedica a capotear la tempestad de un escándalo que la prensa internacional compara con el caso de Bernard Madoff.
Aunque es claro que la comisionista local no está implicada en los hechos, el ejecutivo de treinta años de edad, no puede desconocer el nerviosismo que produjo la medida del regulador de Estados Unidos y que llevó a la administración de la firma a tomar la decisión de suspender sus operaciones como medida cautelar para garantizar la tranquilidad de cerca de seis mil clientes en el país.
¿Cuál es el procedimiento que debe seguir un inversionista que quiere trasladar sus recursos a otro puesto de bolsa?
Lo único que tiene que hacer el dueño de la cuenta es traer una comunicación a Stanford en la que diga que desea que su portafolio sea trasladado a otra firma comisionista. Ese es un trámite que se hace el mismo día y la gente va a tener sus recursos en otra firma a más tardar en la noche. Las personas que tienen saldos a favor, es decir, que tienen dinero en efectivo, simplemente solicitan que se les haga restitución de ese dinero, la compañía gira un cheque con cruce restrictivo únicamente al primer beneficiario y listo. La última fase son las carteras colectivas: hoy sale una convocatoria de adherentes que invita a una asamblea que se va a hacer el próximo miércoles para las tres carteras colectivas, en la que todos van a decidir qué quieren hacer con el dinero para proceder a la devolución de los recursos o si quieren irse con una propuesta de una administradora comisionista de bolsa o una fiduciaria.
Pero Stanford Colombia no ha cerrado sus puertas...
En este momento estamos en inactividad. No quiere decir que nos estemos liquidando sino que estamos concentrados en devolver el dinero a los inversionistas que invirtieron su plata en pesos. Ese es nuestro foco y nuestra atención prioritaria en este momento. Una vez esté solucionado empezaremos a mirar (dependiendo de quién surta en su posición de accionista), dado que en Estados Unidos están secuestrando bienes de Stanford, dará las directrices de lo que será el futuro de la compañía. Por ahora queremos un marchitamiento ordenado de las operaciones, reducir nuestra base de clientes, salir de nuestras carteras colectivas y evidentemente reducirnos a una sociedad que seguirá operando a un costo mínimo. Es un tema operativo complejo porque es atender a muchos clientes que están dando órdenes de traslado pero el estar inactivos en bolsa nos facilita este proceso.
¿Sintió el respaldo de la Superintendencia Financiera?
Lo único que ha hecho es apoyarme. He tenido la Superintendencia a mí disposición y la entidad sabe que la mejor decisión fue suspender operaciones, lo mejor para los clientes y para el mercado. Hemos girados cheques cabalmente a las personas, hemos atendido operaciones de traslados de portafolio. Estoy cumpliendo con mi palabra de que aquí estaba yo para devolver hasta el último centavo de los dineros que invirtieron en el mercado local. No tengo control del mercado externo.
¿Le generaron sospechas las pesquisas que se empezaron a hacer en Estados Unidos?
Las informaciones que recibimos de afuera, nunca tuvimos razones para no creerlas. Básicamente lo que se decía en su momento es que eran investigaciones de rutina, producto de la paranoia financiera. No habían razones para no creer, ellos tienen su mercado y su jurisdicción clara. No tenía razones para dudar, estábamos sujetos a la información que nos envían de afuera.
Después de que la Securities Exchange Comission (SEC) acusó al magnate Allen Stanford y a tres de sus compañías de cometer un fraude masivo, Álvaro Cámaro, gerente de la operación en Colombia desde hace dos semanas, no ha tenido un minuto de descanso y por ahora se dedica a capotear la tempestad de un escándalo que la prensa internacional compara con el caso de Bernard Madoff.
Aunque es claro que la comisionista local no está implicada en los hechos, el ejecutivo de treinta años de edad, no puede desconocer el nerviosismo que produjo la medida del regulador de Estados Unidos y que llevó a la administración de la firma a tomar la decisión de suspender sus operaciones como medida cautelar para garantizar la tranquilidad de cerca de seis mil clientes en el país.
¿Cuál es el procedimiento que debe seguir un inversionista que quiere trasladar sus recursos a otro puesto de bolsa?
Lo único que tiene que hacer el dueño de la cuenta es traer una comunicación a Stanford en la que diga que desea que su portafolio sea trasladado a otra firma comisionista. Ese es un trámite que se hace el mismo día y la gente va a tener sus recursos en otra firma a más tardar en la noche. Las personas que tienen saldos a favor, es decir, que tienen dinero en efectivo, simplemente solicitan que se les haga restitución de ese dinero, la compañía gira un cheque con cruce restrictivo únicamente al primer beneficiario y listo. La última fase son las carteras colectivas: hoy sale una convocatoria de adherentes que invita a una asamblea que se va a hacer el próximo miércoles para las tres carteras colectivas, en la que todos van a decidir qué quieren hacer con el dinero para proceder a la devolución de los recursos o si quieren irse con una propuesta de una administradora comisionista de bolsa o una fiduciaria.
Pero Stanford Colombia no ha cerrado sus puertas...
En este momento estamos en inactividad. No quiere decir que nos estemos liquidando sino que estamos concentrados en devolver el dinero a los inversionistas que invirtieron su plata en pesos. Ese es nuestro foco y nuestra atención prioritaria en este momento. Una vez esté solucionado empezaremos a mirar (dependiendo de quién surta en su posición de accionista), dado que en Estados Unidos están secuestrando bienes de Stanford, dará las directrices de lo que será el futuro de la compañía. Por ahora queremos un marchitamiento ordenado de las operaciones, reducir nuestra base de clientes, salir de nuestras carteras colectivas y evidentemente reducirnos a una sociedad que seguirá operando a un costo mínimo. Es un tema operativo complejo porque es atender a muchos clientes que están dando órdenes de traslado pero el estar inactivos en bolsa nos facilita este proceso.
¿Sintió el respaldo de la Superintendencia Financiera?
Lo único que ha hecho es apoyarme. He tenido la Superintendencia a mí disposición y la entidad sabe que la mejor decisión fue suspender operaciones, lo mejor para los clientes y para el mercado. Hemos girados cheques cabalmente a las personas, hemos atendido operaciones de traslados de portafolio. Estoy cumpliendo con mi palabra de que aquí estaba yo para devolver hasta el último centavo de los dineros que invirtieron en el mercado local. No tengo control del mercado externo.
¿Le generaron sospechas las pesquisas que se empezaron a hacer en Estados Unidos?
Las informaciones que recibimos de afuera, nunca tuvimos razones para no creerlas. Básicamente lo que se decía en su momento es que eran investigaciones de rutina, producto de la paranoia financiera. No habían razones para no creer, ellos tienen su mercado y su jurisdicción clara. No tenía razones para dudar, estábamos sujetos a la información que nos envían de afuera.
viernes 12 de diciembre de 2008
Oiga sumercé ¿y cómo es eso del seguro de vida? (*)
En Tuta, un municipio ubicado a 26 kilómetros de Tunja (Boyacá), con 1.600 habitantes en el casco urbano y 8.500 en el rural, desde hace dos meses se empezó a hablar de pólizas de vida.
Hace seis meses a María Yolanda Bolívar, una campesina boyacense de 28 años de edad, un toro enfurecido la puso a volar con una monumental embestida. “Por poco y me deja por fuera de este mundo. Estaba recogiendo ganado para ordeñar. Donde el animal hubiera tenido cachos, ya no estaría contando el cuento”, dice hoy entre risas. Ella, hace un mes se animó a comprar un seguro de vida, hasta entonces desconocido en su natal Tuta, por el que paga 10.000 pesos mensuales.
Lo raro es que en este pueblo los campesinos, en su mayoría agricultores de papa, cebada y ganado normando, se mueren de viejos y no precisamente de infarto, enfermedades incurables o violencia.
El artífice de esta iniciativa es Álvaro Mariño, gerente de la seccional del Banco Agrario, quien reconoce que vender seguros es más difícil que ofrecer créditos. Razones sobran: los bajos ingresos, el desconocimiento, las condiciones demográficas y hasta por ‘agüero’, hay quienes prefieren abstenerse de adquirir un amparo.
Pero los argumentos de Mariño, quien les enseña a los campesinos conceptos básicos sobre ahorro, endeudamiento y cómo manejar una tarjeta de crédito, les resultan convincentes: “¿se acuerdan del aserrador de 32 años al que le cayó un árbol encima y duró 12 horas muriéndose? ¿les gustaría dejar sin un peso a sus hijos?”.
La póliza más barata, de cinco millones de pesos y que se descuenta del crédito, le cuesta a un agricultor 4.960 pesos mensuales, lo que se gastaría en una tarde de tejo en cuatro cervezas.
Mientras María Yolanda ya empieza a preocuparse por ofrecerle una mejor vida a sus tres hijos de 4, 5 y 6 años, así como a su esposo Abinael, un cultivador de papa, cebolla y arveja, quien también tomó la póliza, las cifras de la Federación de Aseguradores Colombianos (Fasecolda) reflejan que el país está rezagado en la adquisición de este tipo de servicios.
En Colombia, se invierte un valor cercano a los 25 dólares al año en seguros de vida, es decir 50.000 pesos al año ó 4.200 pesos mensuales. “Si excluimos los ramos de seguros relacionados con la seguridad social, la cifra no superaría los 27.000 pesos anuales, es decir, 2.200 pesos mensuales”, según el director de la Cámara de Vida de la Federación de Aseguradores Colombianos (Fasecolda), Armando Zarruk.
Según el gremio, la penetración es de 2,3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y la meta es subirla a 3 por ciento en 2015. Eso no lo saben los ni los agricultores de Tuta y seguramente tampoco casi 12 millones de personas que viven en poblaciones rurales.
Pero en Tuta, la historia es otra: en un mes se han vendido 85 seguros y ante la curiosidad por el nuevo servicio, a la oficina de don Álvaro llegan los campesinos con la típica pregunta: “venga sumercé y ¿cómo es eso de los seguros de vida?”.
¿Qué dicen los agricultores?
‘Primíparo’
Don Anselmo Alba es uno de los 865 clientes activos del Banco Agrario en Tuta y reconoce que jamás en su vida había oído hablar de este tipo de amparos. De hecho, hace poco se ‘inició’ como usuario bancario con una tarjeta de crédito que apenas aprende a usar. Los cajeros electrónicos aún no los sabe manejar. “Compré un seguro de 10 millones de pesos. Uno no sabe qué puede pasar”.
Me tumbaron
Abínael Rivera se declara ‘tumbado’ por la venta de un seguro de exequias que sagradamente pagó durante cuatro años por 10.000 pesos al mes. “Al comienzo me prometieron esta vida y la otra, después nos dijeron que no cubrían ni el cajón. A ellos no los hemos vuelto a ver por el pueblo. Le dije a mi hermano: no nos pongamos a pendejiar con eso. Ahora, compré un seguro de vida”, dice.
¿Y eso cómo es?
Doña Adelina Rodríguez, aún no se anima a comprar una póliza de seguros y no puede ocultar la cara de terror que le produce el hecho de saber que va a morir en algún momento. Ella también trabaja en el campo y es persuadida a diario por otros para hacerse a una póliza, continuamente escucha historias de agricultores que se intoxicaron con insumos agropecuarios o de accidentes con máquinas en las fincas.
Un toro la animó
La embestida que le propinó un toro en la finca “Casa de Teja”, fuera del casco urbano de Tuta, hace seis meses, fue una razón de peso que animó a María Yolanda Bolívar a adquirir una póliza. Sin embargo, no sólo la vida mueve a los campesinos: la aseguradora Mapfre, ofrece coberturas de cultivos, que complementan el programa subsidiado por el gobierno que contrata coberturas climáticas, vientos fuertes, heladas, granizo e inundaciones.
Plan piloto
Tuta fue el eje de una estrategia del Banco Agrario para ofrecer pólizas a los campesinos. Según el gerente de la oficina de Tuta, Álvaro Mariño, la idea es llegar al pequeño agricultor que se dedica a actividades como la ganadería y el cultivo de frutas como las ciruelas, peras, duraznos y manzanas, que son fuertes en la región.
La competencia
Hasta ahora en el país se está abriendo paso el negocio de asegurar la vida del campesino, aunque existen iniciativas para proteger su producción en el caso de Mapfre y hasta hace algún tiempo, La Previsora. Una de las razones que inhibe el desarrollo del crédito al pequeño agricultor tiene que ver con los recurrentes subsidios que se le ofrece al campesino en caso de pérdida de cosecha. Incluso, hay pólizas que cubren siniestros mayores como los actos malintencionados de terceros, en caso de eventos terroristas en el campo.
Artículo ganador en la categoría prensa del Premio Fasecolda 2008 (*)
Hace seis meses a María Yolanda Bolívar, una campesina boyacense de 28 años de edad, un toro enfurecido la puso a volar con una monumental embestida. “Por poco y me deja por fuera de este mundo. Estaba recogiendo ganado para ordeñar. Donde el animal hubiera tenido cachos, ya no estaría contando el cuento”, dice hoy entre risas. Ella, hace un mes se animó a comprar un seguro de vida, hasta entonces desconocido en su natal Tuta, por el que paga 10.000 pesos mensuales.
Lo raro es que en este pueblo los campesinos, en su mayoría agricultores de papa, cebada y ganado normando, se mueren de viejos y no precisamente de infarto, enfermedades incurables o violencia.
El artífice de esta iniciativa es Álvaro Mariño, gerente de la seccional del Banco Agrario, quien reconoce que vender seguros es más difícil que ofrecer créditos. Razones sobran: los bajos ingresos, el desconocimiento, las condiciones demográficas y hasta por ‘agüero’, hay quienes prefieren abstenerse de adquirir un amparo.
Pero los argumentos de Mariño, quien les enseña a los campesinos conceptos básicos sobre ahorro, endeudamiento y cómo manejar una tarjeta de crédito, les resultan convincentes: “¿se acuerdan del aserrador de 32 años al que le cayó un árbol encima y duró 12 horas muriéndose? ¿les gustaría dejar sin un peso a sus hijos?”.
La póliza más barata, de cinco millones de pesos y que se descuenta del crédito, le cuesta a un agricultor 4.960 pesos mensuales, lo que se gastaría en una tarde de tejo en cuatro cervezas.
Mientras María Yolanda ya empieza a preocuparse por ofrecerle una mejor vida a sus tres hijos de 4, 5 y 6 años, así como a su esposo Abinael, un cultivador de papa, cebolla y arveja, quien también tomó la póliza, las cifras de la Federación de Aseguradores Colombianos (Fasecolda) reflejan que el país está rezagado en la adquisición de este tipo de servicios.
En Colombia, se invierte un valor cercano a los 25 dólares al año en seguros de vida, es decir 50.000 pesos al año ó 4.200 pesos mensuales. “Si excluimos los ramos de seguros relacionados con la seguridad social, la cifra no superaría los 27.000 pesos anuales, es decir, 2.200 pesos mensuales”, según el director de la Cámara de Vida de la Federación de Aseguradores Colombianos (Fasecolda), Armando Zarruk.
Según el gremio, la penetración es de 2,3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) y la meta es subirla a 3 por ciento en 2015. Eso no lo saben los ni los agricultores de Tuta y seguramente tampoco casi 12 millones de personas que viven en poblaciones rurales.
Pero en Tuta, la historia es otra: en un mes se han vendido 85 seguros y ante la curiosidad por el nuevo servicio, a la oficina de don Álvaro llegan los campesinos con la típica pregunta: “venga sumercé y ¿cómo es eso de los seguros de vida?”.
¿Qué dicen los agricultores?
‘Primíparo’
Don Anselmo Alba es uno de los 865 clientes activos del Banco Agrario en Tuta y reconoce que jamás en su vida había oído hablar de este tipo de amparos. De hecho, hace poco se ‘inició’ como usuario bancario con una tarjeta de crédito que apenas aprende a usar. Los cajeros electrónicos aún no los sabe manejar. “Compré un seguro de 10 millones de pesos. Uno no sabe qué puede pasar”.
Me tumbaron
Abínael Rivera se declara ‘tumbado’ por la venta de un seguro de exequias que sagradamente pagó durante cuatro años por 10.000 pesos al mes. “Al comienzo me prometieron esta vida y la otra, después nos dijeron que no cubrían ni el cajón. A ellos no los hemos vuelto a ver por el pueblo. Le dije a mi hermano: no nos pongamos a pendejiar con eso. Ahora, compré un seguro de vida”, dice.
¿Y eso cómo es?
Doña Adelina Rodríguez, aún no se anima a comprar una póliza de seguros y no puede ocultar la cara de terror que le produce el hecho de saber que va a morir en algún momento. Ella también trabaja en el campo y es persuadida a diario por otros para hacerse a una póliza, continuamente escucha historias de agricultores que se intoxicaron con insumos agropecuarios o de accidentes con máquinas en las fincas.
Un toro la animó
La embestida que le propinó un toro en la finca “Casa de Teja”, fuera del casco urbano de Tuta, hace seis meses, fue una razón de peso que animó a María Yolanda Bolívar a adquirir una póliza. Sin embargo, no sólo la vida mueve a los campesinos: la aseguradora Mapfre, ofrece coberturas de cultivos, que complementan el programa subsidiado por el gobierno que contrata coberturas climáticas, vientos fuertes, heladas, granizo e inundaciones.
Plan piloto
Tuta fue el eje de una estrategia del Banco Agrario para ofrecer pólizas a los campesinos. Según el gerente de la oficina de Tuta, Álvaro Mariño, la idea es llegar al pequeño agricultor que se dedica a actividades como la ganadería y el cultivo de frutas como las ciruelas, peras, duraznos y manzanas, que son fuertes en la región.
La competencia
Hasta ahora en el país se está abriendo paso el negocio de asegurar la vida del campesino, aunque existen iniciativas para proteger su producción en el caso de Mapfre y hasta hace algún tiempo, La Previsora. Una de las razones que inhibe el desarrollo del crédito al pequeño agricultor tiene que ver con los recurrentes subsidios que se le ofrece al campesino en caso de pérdida de cosecha. Incluso, hay pólizas que cubren siniestros mayores como los actos malintencionados de terceros, en caso de eventos terroristas en el campo.
Artículo ganador en la categoría prensa del Premio Fasecolda 2008 (*)
jueves 4 de diciembre de 2008
¿Tiene vueltas de uno de $100.000?
Un taxi. Siete de la mañana de un nublado lunes en Bogotá. El tráfico está de infarto y tengo que llegar cuanto antes a una entrevista con un banquero importante. Busco un billete de 10.000 pesos en la billetera para pagar la carrera. Nada. Sólo se asoma la imagen de un ex presidente famoso acompañado de una serie de números y leo: cien mil pesos oro. Me quedan sólo cuatro monedas de 50 pesos. Nada qué hacer.
Empiezo a sudar de la angustia pero me atrevo y le paso el billete al conductor. “No tengo vueltas, mire a ver quién se lo cambia. La próxima vez avise”, dice. Me bajo del carro y le pregunto al vigilante del edificio que tengo a cinco metros que si tiene vueltas o que si me puede prestar. Casi llorando le imploro y prometo devolverle la plata y una propina para la gaseosa cuando termine la entrevista.
Apesadumbrado me dice: “sumercé, no tengo...” Ante la negativa, tengo dos opciones: escapar de ahí sin pagar un peso o regresar para enfrentarme a la ira de un taxista colombiano, que NUNCA tiene cambio.
Esta escena, producto de mi imaginación, es la que hoy se repite a diario con el “no muy aceptado” billete de 50.000 pesos, y podría replicarse con el de 100.000 que anunció hace unos días el ex senador Germán Vargas Lleras.
Aunque es romántica la iniciativa de que el Banco de la República se vincule al centenario del natalicio de su abuelo, el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, con la insólita cifra, no deja de resultar extraña o mejor, poco oportuna.
De hecho, en el Banco de la República nadie da razón de cuándo saldría al ‘aire’ la exótica denominación y según fuentes fidedignas, el lanzamiento no estaría previsto para 2009, como lo anunció Lleras, sino para 2012, como mínimo.
¿Será que el silencio del Emisor tiene que ver con la ausencia de su gerente por estos días? O hilando más delgado, es ¿consecuencia de una actitud políticamente correcta, considerando la aspiración presidencial de Vargas Lleras?
Hablando con los economistas y oyendo sus argumentos, lo que dicen es que es lógico que el tiempo erosione el valor de la moneda. Pero ¿estamos listos para eso?
No sé, como tampoco lo sabe Amalia, una de las digitadoras del periódico en el que trabajo, quien no puede menos que abrirme los ojos cuando le pregunto su opinión sobre la puesta en circulación del billete. “Noooo, si escasamente cambian uno de 20.000, como será uno de 100.000?. ¿Qué tal que salga falso o roto?” y se santigua.
Tampoco me imagino la cara de Carmen, una periodista de El Salvador, a quien hace pocos días le regalé un billete de 1.000 pesos como recuerdo de mi país, en un viaje con otros periodistas latinoamericanos. Ella al ver la astronómica cifra se asustó y me dijo: “no tranquila. Si no tienes monedas, no te afanes”.
Empiezo a sudar de la angustia pero me atrevo y le paso el billete al conductor. “No tengo vueltas, mire a ver quién se lo cambia. La próxima vez avise”, dice. Me bajo del carro y le pregunto al vigilante del edificio que tengo a cinco metros que si tiene vueltas o que si me puede prestar. Casi llorando le imploro y prometo devolverle la plata y una propina para la gaseosa cuando termine la entrevista.
Apesadumbrado me dice: “sumercé, no tengo...” Ante la negativa, tengo dos opciones: escapar de ahí sin pagar un peso o regresar para enfrentarme a la ira de un taxista colombiano, que NUNCA tiene cambio.
Esta escena, producto de mi imaginación, es la que hoy se repite a diario con el “no muy aceptado” billete de 50.000 pesos, y podría replicarse con el de 100.000 que anunció hace unos días el ex senador Germán Vargas Lleras.
Aunque es romántica la iniciativa de que el Banco de la República se vincule al centenario del natalicio de su abuelo, el ex presidente Carlos Lleras Restrepo, con la insólita cifra, no deja de resultar extraña o mejor, poco oportuna.
De hecho, en el Banco de la República nadie da razón de cuándo saldría al ‘aire’ la exótica denominación y según fuentes fidedignas, el lanzamiento no estaría previsto para 2009, como lo anunció Lleras, sino para 2012, como mínimo.
¿Será que el silencio del Emisor tiene que ver con la ausencia de su gerente por estos días? O hilando más delgado, es ¿consecuencia de una actitud políticamente correcta, considerando la aspiración presidencial de Vargas Lleras?
Hablando con los economistas y oyendo sus argumentos, lo que dicen es que es lógico que el tiempo erosione el valor de la moneda. Pero ¿estamos listos para eso?
No sé, como tampoco lo sabe Amalia, una de las digitadoras del periódico en el que trabajo, quien no puede menos que abrirme los ojos cuando le pregunto su opinión sobre la puesta en circulación del billete. “Noooo, si escasamente cambian uno de 20.000, como será uno de 100.000?. ¿Qué tal que salga falso o roto?” y se santigua.
Tampoco me imagino la cara de Carmen, una periodista de El Salvador, a quien hace pocos días le regalé un billete de 1.000 pesos como recuerdo de mi país, en un viaje con otros periodistas latinoamericanos. Ella al ver la astronómica cifra se asustó y me dijo: “no tranquila. Si no tienes monedas, no te afanes”.
miércoles 19 de noviembre de 2008
Plata fácil es lo que hay
La primera vez que alguien me habló de conseguir ‘dinero fácil’ me pintó esta vida y la otra. ¿Rentabilidades de 100, 200 e incluso 500 por ciento en pocos meses?. La inversión: desde 50 dólares, es decir, hoy un poco más de 100.000 pesos.
- “¿Hay que vender sustancias sicoactivas? ¿tengo que dedicarme al oficio más antiguo del mundo? ¿debo atentar contra la vida de alguien? “, le confesé en un exagerado pero oportuno ataque de nerviosismo a un colega costeño con ganas de hacerse un dinero extra.
- ¿Y qué hay qué hacer?, le pregunté. Si es para vender maquillaje y cremas de Avon, Yanbal o planes de tiempo compartido, no cuentes conmigo. No sirvo para eso, escasamente ofrezco una noticia.
Cuando me dijo la palabra mágica, yo ya tenía una vaga referencia de la nueva “maquinita” para hacer fortunas: el fórex, un método de inversión que consiste en el intercambio de divisas mediante diferentes software especializados y llamados plataformas de operación.
- ¡Nadaaaaaa, solo consignas por Internet y listo!. Si quieres puedes tu manejar tu plata o que una persona lo haga por ti. Arriésgate, no seas boba, me dijo el costeño.
Palabras más, palabras menos, me aseguró que aparte de la rentabilidad que me genera el negocio de especular con divisas, podría ganarme una especie de “comisión” por atraer gente al negocio. Y que mi rendimiento mensual, podría ser de 10 por ciento, según lo que invirtiera.
- Ahh, es una pirámide, le dije.
- No que vá, ese es un negociazo, ¿ o quieres vivir toda la vida de periodista?, me retó.
No sé si a estas alturas sería millonaria, de haberle hecho caso al costeño, pero la verdad no me arrepiento. Lo que sí me inquieta es que, como yo, puede haber cientos de miles de colombianos que están viviendo una temporada de búsqueda de ‘dinero fácil’ por razones diversas: no están satisfechos con el salario que reciben o sencillamente, no les alcanza, son trabajadores independientes que viven al vaivén de negocios que muchas veces no se dan o se trata de desempleados que cansados de la búsqueda de oportunidades se embarcan en el espejismo de altas rentabilidades en poco tiempo.
¿Será que nos acostumbramos a la plata fácil? Sólo basta recordar lo que ocurrió con los precios de las acciones de la Bolsa de Valores de Colombia hace tres años: se multiplicaron hasta 200 por ciento. Los accionistas de empresas emblemáticas como Acerías Paz del Río, se enriquecieron con la venta de una siderúrgica por la que nadie daba un peso hace cinco años. Eso sin contar con aquellos, más experimentados que se dedicaron a especular con las entonces de moda “cuentas de margen”, un negocio en el que se involucraron amas de casa, sin la menor idea de lo que es el mercado de valores.
Eran otros tiempos. En esta nueva etapa de dinero fácil les tocó el turno a las pirámides, pero después ¿qué viene? ¿no debería haber una reflexión profunda en torno a la responsabilidad social que tiene el sistema financiero de ofrecer mejores atractivos para los clientes? ¿debería pensarse en una real campaña para incentivar el ahorro y no pensar en un “desahorro” a través de las cuentas bancarias? ¿no vale la pena ponerle un tate quieto a la usura bancaria y no sólo a la informal? ¿deberían existir mayores estímulos para la inversión en bolsa mediante el pago de comisiones de bajo monto y un manejo prudente y más transparente de los recursos?
Ya lo dijo el Presidente y ojalá la sentencia no se quede en un saludo a la bandera: hay que promover cambios en el sistema financiero para que los usuarios de menores recursos tengan oportunidades de acceso.
Ojo: la salida del aire de las pirámides y de empresas como DMG, no es la panacea. Debería ser el comienzo.
- “¿Hay que vender sustancias sicoactivas? ¿tengo que dedicarme al oficio más antiguo del mundo? ¿debo atentar contra la vida de alguien? “, le confesé en un exagerado pero oportuno ataque de nerviosismo a un colega costeño con ganas de hacerse un dinero extra.
- ¿Y qué hay qué hacer?, le pregunté. Si es para vender maquillaje y cremas de Avon, Yanbal o planes de tiempo compartido, no cuentes conmigo. No sirvo para eso, escasamente ofrezco una noticia.
Cuando me dijo la palabra mágica, yo ya tenía una vaga referencia de la nueva “maquinita” para hacer fortunas: el fórex, un método de inversión que consiste en el intercambio de divisas mediante diferentes software especializados y llamados plataformas de operación.
- ¡Nadaaaaaa, solo consignas por Internet y listo!. Si quieres puedes tu manejar tu plata o que una persona lo haga por ti. Arriésgate, no seas boba, me dijo el costeño.
Palabras más, palabras menos, me aseguró que aparte de la rentabilidad que me genera el negocio de especular con divisas, podría ganarme una especie de “comisión” por atraer gente al negocio. Y que mi rendimiento mensual, podría ser de 10 por ciento, según lo que invirtiera.
- Ahh, es una pirámide, le dije.
- No que vá, ese es un negociazo, ¿ o quieres vivir toda la vida de periodista?, me retó.
No sé si a estas alturas sería millonaria, de haberle hecho caso al costeño, pero la verdad no me arrepiento. Lo que sí me inquieta es que, como yo, puede haber cientos de miles de colombianos que están viviendo una temporada de búsqueda de ‘dinero fácil’ por razones diversas: no están satisfechos con el salario que reciben o sencillamente, no les alcanza, son trabajadores independientes que viven al vaivén de negocios que muchas veces no se dan o se trata de desempleados que cansados de la búsqueda de oportunidades se embarcan en el espejismo de altas rentabilidades en poco tiempo.
¿Será que nos acostumbramos a la plata fácil? Sólo basta recordar lo que ocurrió con los precios de las acciones de la Bolsa de Valores de Colombia hace tres años: se multiplicaron hasta 200 por ciento. Los accionistas de empresas emblemáticas como Acerías Paz del Río, se enriquecieron con la venta de una siderúrgica por la que nadie daba un peso hace cinco años. Eso sin contar con aquellos, más experimentados que se dedicaron a especular con las entonces de moda “cuentas de margen”, un negocio en el que se involucraron amas de casa, sin la menor idea de lo que es el mercado de valores.
Eran otros tiempos. En esta nueva etapa de dinero fácil les tocó el turno a las pirámides, pero después ¿qué viene? ¿no debería haber una reflexión profunda en torno a la responsabilidad social que tiene el sistema financiero de ofrecer mejores atractivos para los clientes? ¿debería pensarse en una real campaña para incentivar el ahorro y no pensar en un “desahorro” a través de las cuentas bancarias? ¿no vale la pena ponerle un tate quieto a la usura bancaria y no sólo a la informal? ¿deberían existir mayores estímulos para la inversión en bolsa mediante el pago de comisiones de bajo monto y un manejo prudente y más transparente de los recursos?
Ya lo dijo el Presidente y ojalá la sentencia no se quede en un saludo a la bandera: hay que promover cambios en el sistema financiero para que los usuarios de menores recursos tengan oportunidades de acceso.
Ojo: la salida del aire de las pirámides y de empresas como DMG, no es la panacea. Debería ser el comienzo.
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